importancia del derecho romano

De la fundación de Roma a la Ley de las XII tablas. Una oscuridad reina acerca de los orígenes de roma. Según las conjeturas que sustituyen los relatos de los historiadores y poetas latinos, tres poblaciones concurrieron a su formación: una latina, los ramnenses, con Rómulo como jefe; otra sabina, los titienses, bajo el gobierno de Tatio, y la etrusca, los luceres, cuyo jefe era Lucuwio. Estos pueblos, agrupados en tres tribus distintas y establecidas en las colinas que bordean la ribera izquierda del Tíber, constituían la ciudad romana bajo la autoridad de un rey. Veamos su organización social y política.
Los patricios, los clientes y la plebe
Cada una de las tres tribus estaba dividida en tres curias con cierto número de gente. Mientras que la curia es una división artificial, la gens parece haber sido una agregación natural con el parentesco como base. Cada gens comprendía personas descendientes por el lado de los varones de un autor común.
A la muerte del fundador de la gens, sus hijos se hacían jefes de familia; estas familias eran ramas diversas de un mismo tronco y conservaban el nombre, nomen gentilitium, como señal de su origen, llevado por los miembros que aún eran parte de la gens.
Cada familia estaba bajo la autoridad de un jefe, paterfamilis. Estos paters y sus descendientes, que componían las gentes de las curias primitivas, formaban la clase de los patricios, patricii, que constituían una nobleza de raza y participaban del gobierno del Estado con todos los privilegios del ciudadano romano.
Al lado de cada familia patricia había personas agrupadas a título de clientes bajo la protección del jefe, que es su patrón. Es probable que los clientes formasen parte de la gens del patrón y que tomaran el nome gentilitium. La clientela creó entre ellos derechos y deberes. El patrón debía a sus clientes socorro y asistencia; tomaba su defensa en justicia y les concedía gratuitamente tierras para cultivar y vivir de sus productos.
El cliente debía al patrono respeto y abnegación, le asistía en la guerra y en su fortuna para pagar su rescate en caso de cautiverio, para dotar a su hija o para pagar las multas a que el patrón había sido condenado. Estas obligaciones estaban enérgicamente sancionadas, el patrón o el cliente que las violaban eran declarados sacer y podían ser muertos impunemente.
En cuanto al origen de la clientela y a la manera en que se desarrolló, solo hay conjeturas. Si se tiene en cuenta el número considerable de clientes agregados a ciertas gentes, se debe admitir que muchas causas han contribuido a formar esta parte de la población romana. Desde luego, los fundadores de Roma tenían clientes, pues en esta época había la misma institución en la mayor parte de las ciudades de la hoy Italia.
A este núcleo primitivo deben añadirse los libertos y sus descendientes, después los extranjeros llegados a Roma por derecho de “asilio” y que se colocaron voluntariamente bajo la protección de un patricio. Como consecuencia de las primeras conquistas, las poblaciones de las ciudades vecinas, trasladadas a Roma en totalidad o en parte, contribuyeron al acrecentamiento de la clientela entre los vencidos pobres y de baja extracción que buscaban una vida menos libre pero mejor protegida cerca de un patrón. La cualidad de cliente se transmitía hereditariamente.
Los antiguos autores convienen comprobar que, durante los primeros tiempos que siguieron a la fundación de Roma, la población no comprendía más que los patricios y clientes. Luego apareció otra clase, los plebeyos o plebe. Libres de toda unión con los patricios, ocupaban un rango inferior, no tenían participación en el gobierno, su acceso en las funciones públicas estaba prohibida y no podían contraer matrimonio legítimo con los patricios.


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